lunes, noviembre 28, 2005

SWEET HOME CERRO ALEGRE


Desde el tercer piso de una casa anaranjada se escuchan los aullidos finales de “Help” de los Beatles. El ensayo continúa con “We can work it out”, mientras observo que no soy el único que se ha detenido para seguir los acordes de tributo. Como salí un poco atrasado, salto los escalones del Pasaje Bavestrello para no llegar tarde al trabajo. Aprovechando la hora de almuerzo, subí a ordenar mi pieza, muy desordenada por la visita de dos compañeras de colegio que anoche vinieron a conocer mi nuevo hogar. Otro más. Ya perdí la cuenta de mis escalas en los últimos años. Si bien siempre me imaginé desplazándome de un lugar a otro, tampoco es tan divertido acampar como gitano sin tener mucho margen de elección. Vivir solo es útil, recomendable, pero las jornadas se hacen menos llevaderas cuando no hay plata en la billetera, el lugar no es cómodo o la forzada compañía se empeña en introducirse en tu existencia.

Desde una casa de latas desteñidas, de la que se asoman cortinas fantasmales, con unas marcas que parecen moscas muertas, suena “Mr. Tambourine” de Bob Dylan. Intuyo que proviene de una radio vieja, quizás uno de esos “tres en uno” que regalaba Don Francisco en sus maratones sabatinas que adormecían el cerebro tal como hoy lo hace Kike Morandé. En todas las sociedades paternalistas, donde los medios de comunicación están concentrados en pocas manos, aparecen los payasos de turno que ofician el rol de hacernos sentir que no estamos tan mal como creemos. El apellido del patrón es lo de menos, pues todos quieren lo mismo: silencio ante conductas oscuras.

Antes de seguir quejándome, el ambiente, la atmósfera de paz creativa, de quietud curiosamente productiva, me toma de la camisa y me zamarrea para que entre en razón. No te amargues. El llamado tiene efecto instantáneo como las hojas con THC. Sabía que tarde o temprano me mudaría al Cerro Alegre. Es una profecía cumplida. Mis paseos adolescentes, sin mayores preocupaciones, sólo dejándome llevar, me anticiparon que caería en estas calles. Acostumbraba a tomar el ascensor de calle Prat, pegado al Registro Civil, a veces con la mochila en mi espalda. Encontraba más productivo recorrer el cerro que calcular cuántos conejos negros salían de un polvo entre animales de distinto color, conocimiento que, según la profesora de Biología, tan cartucha como caballuna, serviría en nuestras vidas.

Sé que mucha gente detesta que circulen tipos engrupidos en el cerro, sobre todo algunos que dejan la impresión de vestirse con ropa alternativa con el mismo esmero con que el cafiche de discoteca escoge la camisa más ceñida de su closet y embetuna su pelo con gel barato. Es cierto que hay gente así. Pero son pocos. La mayoría, lo digo con propiedad porque he estudiado el barrio, se ve auténtica. No hay que intrusear mucho en las mesas cercanas para darse cuenta que los temas de conversación tienen un humor especial o son profundos, dependiendo del ánimo de los parroquianos.

La única duda era el momento. Pese a todos los anticipos, a la certeza de que algún día me instalaría en este sector, no sabía si ahora correspondía. Analicé qué habría hecho si estuviera solo. ¿Me habría venido igual? Sí. Por eso es doblemente rico estar viviendo algo que esperaba por tanto tiempo con alguien como tú.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

¿Cerro Alegre es tan lindo como en la teleserie? quiero conocerlo!!!!

3:13 a. m.  
Blogger BarFly said...

ES maravilloso, te va a encantar....tiene muchas cosas interesantes....Valparaíso, en general, es una ciudad fascinante....compra pasajes....

8:45 a. m.  

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