miércoles, septiembre 28, 2005

TRAURIG

El síndrome de la empanada de talco se alivia con un vaso de Coca-Cola. La bebida se siente más dulce y fresca. Curiosamente, quizás por qué secreto de la naturaleza, los flatos no salen expulsados y se reúnen en el estómago o donde se produzcan como sindicato en huelga. Quieren hacer su trabajo: subir atarantadamente por el cuerpo y avergonzarnos ante el resto, a menos que estemos solos en la playa o en un carrete con los amigos de siempre. En esos casos, da lo mismo. Incluso, se puede ganar aplausos al lograr efectos estereofónicos como el famoso “tubería” de la época del colegio, sonido imposible de reproducir sin gruesos pulmones y un hocico del porte de Mick Jagger o Steven Tyler.

El azúcar fluye y engaña. Da tanto placer como cansa o da sueño. Nunca me he desvelado con Coca-Cola, aunque alguna vez, cuando pendejo, la mezclé con café para completar las 27 horas de la Teletón. Hoy no creo en el Viejo Pascuero ni menos en Don Francisco. Tampoco en los poderes de la Coca-Cola. Sólo tiene buen sabor, nada más. ES SENTIR DE VERDAD. Premio para el ahuevonado tan ingenioso que no durmió en dos semanas para escribir ese slogan comercial a mediados de los 80’. Parece que me lo creí.

Ya, basta de dribling. Nunca me gustó ensayar con los conos, menos si el ejercicio era tan largo que tus compañeros podían repetir el autogolazo del paraguayo Germán Vergara en el arco del Loco Fournier en el estadio La Portada de La Serena.

Mejor encarar de verdad.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

¿¿Dónde fue que me perdí??

12:07 p. m.  
Blogger BarFly said...

sorry, escribí puras huevadas....sólo yo las entiendo.....

12:18 p. m.  

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