viernes, julio 08, 2005

PLAZAS DE VIÑA


A los griegos, que tenían una fijación con el número diez, incluso más fuerte que la de los argentinos con la camiseta de Maradona, se les ocurrió, al construir las polis, que éstas debían desarrollarse en torno a una plaza y que todo debía ubicarse, a lo más, a diez cuadras de distancia. La plaza era el núcleo de todas las actividades. Como hoy las ciudades se expanden con fuerza taurina, ese ideal se perdió irremediablemente. Las plazas sobreviven, están ahí, donde siempre, con sus árboles y bancos, pero no tienen la relevancia de antes. Así se han perdido historias y personajes.
Tres funcionarios municipales limpian la pileta de la plaza José Francisco Vergara. Sus botas no pisan ninguna moneda. Hace 20 años, mucha gente recurría a "la fuente de los deseos" con la esperanza de conseguir trabajo, el perdón de la polola o la nota para eximirse de matemáticas. Lanzaban las chauchas desde las barandas, siempre rayadas con corazones flechados y algunas groserías, con la misma fe del actual apostador de Kino o Loto.
Tampoco hay muchas palomas, quizás porque los proveedores de pan han desaparecido. Podía quedar incluso harina para tres días, como juraban algunos, pero siempre había alguien que se acordaba de los pájaros, cargando pequeñas bolsas con migas, escondidas en el bolsillo, lejos de los picotazos.
Todas han cambiado. Muchos se acuerdan de los antiguos juegos de la plaza Colombia, que hace poco fueron reemplazados por unos de plástico, simples copias de los que se ven en los locales de comida rápida. En la esquina con 5 Norte, había tres pequeños toboganes, dos con techos. El favorito de los niños era el último, tanto que se formaban filas y no faltaba el patudo que cobraba peaje antes de autorizar el ingreso. Unos pasos más allá, había unos columpios sujetos a un solitario mástil, que era girado por un ciego. Por unas cuantas monedas, rotaba toda la tarde, a veces muy rápido, dependiendo de la audacia de los chicos. A oscuras, sólo escuchando la euforia de los enanos, sabía perfectamente cuándo debía acelerar. Nunca se mareaba.
Era común ver a los niños jugar a la pelota en unos de los jardines colindantes. La cancha tenía nombre: La Estrella. La bautizaron así por la figura rellena de plantas que servía como círculo central, donde se partía después de que la pelota cruzara alguno de los arcos, hechos con chalecos o botellas de plástico. Ya nadie juega. Los fines de semana se va a padres ensayando penales con sus hijos, pateando balones livianos de supermercado.
La plaza México es una de las pocas que perduran con cierta dignidad. Por lo menos, al quedar pegada a 1 Norte y San Martín, no pasa desapercibida, aunque son pocos los que descansan en sus bancos. De noche, cuando resucita con las luces que bailan con el agua de la fuente, aparece una que otra pareja romántica y se sientan en el puente. Es tan corto el puente y, a la vez, tan seguro como el Ecuador, su hermano mayor, que es lógico aprovechar el paseo deteniéndose un rato.
Bernardo O’Higgins está cansado del ajetreo mercantil. Ya ni se acuerda cuando estaba rodeado de agua y las palmeras lo acompañaban como si fueran pequeños islotes. La transformación del sector, con mall incluido, ha espantado la tranquilidad de antaño. Antes era una plaza de barrio, donde los niños corrían sin preocuparse de automóviles ni buses. Los vecinos todavía recuerdan a un tal Campusano que, arriba de su bicicross, saltaba ocho niños acostados en el suelo como sardinas, impulsando el salto con una pequeña rampa de cartón. El último, que era sorteado al "cachipún", tiritaba al sentir que las ruedas se acercaban. Si hiciera eso hoy, sería un acontecimiento, dada la cantidad de gente que circula por la zona. Tal como los barrios han debido enrejarse por miedo al otro, por más que lo disfracen de seguridad ciudadana, las plazas no sólo han dejado de ser puntos de encuentro o intercambio, sino también han perdido su condición de lugar de esparcimiento. Mejor quedémonos en la casita.

4 Comments:

Blogger .::PaLoMa::. said...

Hola. Oye! yo no revisaba tu blog hace mucho tiempo, y como veo has escrito bastante. Como persona revivida, sólo puedo decirte que vida de barrio ya no existe para nada, o sea, mientras más estemos encerrados y calentitos en nuestras casas sin saber del mundo, mejor. Una de las carencias de un mundo moderno, supongo. Ahora todos los pendex viven en los computadores (me incluyo), en los playstation, etc. Es irónico, porque parten desde que son chicos no pescando a las personas. Es lo que hay, supongo..
Saludos!!
.::PaLoMa::.

12:26 a. m.  
Blogger Tzade said...

Donde yo vivo aun los niños juegan a la pelota en el parque y en la plaza. En algunos barrios, por la mañana temprano, pasa el afilador tocando su armónica con la melodía de antaño. Si bien ahora bebemos la leche sin microbios en cajas de cartón... el huevero y el que vende miel (se llamará mielero?) pasan de casa en casa dos veces por semana. Los viejos quedan en el parque para jugar a la petanca. El otro día me vi envuelta en un duelo de bastones :-)
En Pinto aún no nos ha terminado de comer la capital.

6:12 a. m.  
Blogger mili said...

Bueno, donde yo vivo y, creo gracias a que hay muchas unnversidades cerca, aún la plaza sirve como centro de reunión. También es posible ver a algunos papás ensayando penales con los hijos, pero poco...lo que más se ve son malabaristas y acróbatas ensayando sus peripecias para minutos más tarde pararse en el semáforo a pedir monedas.Los tiempos cambian.
Saludos

PD: Los juegos "verdes" eran lo mejor!!!

1:28 p. m.  
Blogger Tzade said...

Por cierto, la fijación de los griegos por el número diez (Tetraktys) era su asociación a la representación del Universo. Para los pitagóricos un número contiene todo lo que se puede conOcer, sin el número no sabemos nada (y no somos naide), menos aun en estos tiempos sin un número en la nómina, otro en la cuenta corriente (rojo no, por favor), otro en la cartilla de la seguridad social, el dni, los zapatos...

8:51 p. m.  

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