120 KM

El metro tiene pocos pasajeros, como en la carátula del “Pateando Piedras”. Qué alivio. Me ubico junto a una puerta para que nadie me empuje ni me hable. La última vez que vine a Santiago, un borracho me aburrió 20 minutos con sus reclamos contra el sistema, las isapres y las AFP. El anarquista se despidió con un beso, que casi me lo dio en la boca. Sus labios, tan morados como los de Volodia Teitelboim, delataban que la tarde había sido regada con vino tinto en caja.
Enciendo el discman: Depeche Mode. Miro el suelo con la esperanza que aparezca una bola de pelos, tal como ocurre cada vez que viajo en el metro. Se mueven como los critters, abriéndose paso entre piernas y bolsos, sin preocuparse mucho del viento, como si fueran autónomas. Hay serios problemas de calvicie en esta ciudad o las pelucas son de pésima calidad. También he visto pelos más chicos y gruesos por los pasillos, pero prefiero ni pensar cuánta gente se rasca las pelotas con tanto cariño. Después se encuentran con alguien y le dan la mano. Supongo que así surgen algunas enfermedades. Conviene tener tantos jabones como Jack Nicholson en “Mejor Imposible”. Hoy cualquiera se peina los pendejos y luego te saluda.
Avanzan las estaciones. No se asoman pelos. Me bajo en la Escuela Militar y al rato encuentro a mis amigos. No sé qué pensará el resto, pero, a mi modo de ver, cada vez cuesta más encontrar a personas geniales, fuera de serie, únicas. Por eso cuido tanto a mis amigos. Las responsabilidades e imposiciones extinguen virtudes, al contrario de lo que creen los “trabajólicos”, que viven obsesionados con escalar y no dudan en adquirir más y más compromisos. De a poco pierden colores y se confunden con el gris del resto.
Estos dos amigos, de mundos e intereses aparentemente muy distintos, son geniales. Celebro íntimamente la oportunidad de compartir con los dos al mismo tiempo. Me gustaría tenerlos más cerca, pero, por el momento, tendré que conformarme con los viajes esporádicos a Santiago.
Enciendo el discman: Depeche Mode. Miro el suelo con la esperanza que aparezca una bola de pelos, tal como ocurre cada vez que viajo en el metro. Se mueven como los critters, abriéndose paso entre piernas y bolsos, sin preocuparse mucho del viento, como si fueran autónomas. Hay serios problemas de calvicie en esta ciudad o las pelucas son de pésima calidad. También he visto pelos más chicos y gruesos por los pasillos, pero prefiero ni pensar cuánta gente se rasca las pelotas con tanto cariño. Después se encuentran con alguien y le dan la mano. Supongo que así surgen algunas enfermedades. Conviene tener tantos jabones como Jack Nicholson en “Mejor Imposible”. Hoy cualquiera se peina los pendejos y luego te saluda.
Avanzan las estaciones. No se asoman pelos. Me bajo en la Escuela Militar y al rato encuentro a mis amigos. No sé qué pensará el resto, pero, a mi modo de ver, cada vez cuesta más encontrar a personas geniales, fuera de serie, únicas. Por eso cuido tanto a mis amigos. Las responsabilidades e imposiciones extinguen virtudes, al contrario de lo que creen los “trabajólicos”, que viven obsesionados con escalar y no dudan en adquirir más y más compromisos. De a poco pierden colores y se confunden con el gris del resto.
Estos dos amigos, de mundos e intereses aparentemente muy distintos, son geniales. Celebro íntimamente la oportunidad de compartir con los dos al mismo tiempo. Me gustaría tenerlos más cerca, pero, por el momento, tendré que conformarme con los viajes esporádicos a Santiago.


6 Comments:
Y nunca apareció la bola de pelos??? raro ahhhh jajaja
no, ninguna....muy raro....por más que busqué no vi nada...los huevones andan más limpiecitos, jajajajaja......
salu2
Qué curioso. Hoy también mencioné en mi blog lo de cuidar a los amigos.
En el metro de Madrid no habla ni dios. Los borrachos hablan solos, eso si. No hay pelos pero siempre me encuentro zapatos, la gente pierde zapatos con una facilidad increíble.
"Dejen salir antes de entrar" debe ser un dogma de fe o algo así. Son muchos los empujones y los apretones. Es algo difícil saber quién te tocó el culo exactamente... debería aprovechar esa circunstancia para hacerlo yo alguna vez... no sé, se hace tanto que tiene que tener su encanto.
Besos.
Yo viajo todos los días de la semana en metro, llevo 6 años usando ese medio de transporte, es bonito el metro, pero lo malo es que nunca pasa nada, cuando estoy aburrido prefiero las micros, en ellas puedes encontrar vendedores, lanzas, olores, cantantes, payaso, chantas, gente pidiendo plata, en fin, te recomiendo usar las micros cuando vengas a Santiago son peligrosas, pero puta que son entretenidas!!!
Lo que pasa con los amigos no es que sea màs dificil encontrarlos, a medida que crecemos ( o en nuestro caso lisa y llanamente en la medida que envejecemos) estamos menos dispuestos a perdonarlos, nos ponemos quisquillosos y exigentes, cuando chicos sólo nos bastaba que el amigo quisiera hacer la misma jugarreta que uno y que muriera en el intento antes de acusarnos, no importaba nada màs, pero ahora exigimos una serie de cualidades que ni nosotros mismos tenemos la entereza de tenerlos... mal que mal la sociedad de consumo te consume...besos
Daniela
Me quedo con las ausencias y presencias que te delatan, con tus alegrías, tus imágenes multiplicadas en los espejos y tus lágrimas escondidas.
Azul
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