CUARTEL DE INVIERNO
"Every step we take that’s synchronized. Every broken bone reminds me of the second time that I followed you home. You shower me with lullabies. As you’re walking away, reminds me that it’s killing time on this fateful day"
(Bitter End, Placebo)
Escojo las canciones del casete para el trote. El lado “A” tiene que ser bien relajado, muy light, mero acompañamiento para las olas y los árboles. El lado “B” tiene que ser potente, motivador, furioso, digno de una roadmovie, porque, de lo contrario, jamás retornaré a la casa y quedaré tirado en la carretera, sin bencina para dar un paso más.
Me entretengo bastante. Todos quisimos ser DJ alguna vez. Como Cusak en “Alta Fidelidad”, selecciono las canciones de acuerdo a mi propia biografía, ninguna está unida a otra por casualidad. Los vínculos son asombrosos y sólo yo los puedo entender. Épocas y estilos se confunden como en un plato de ensalada, sin colores que distingan la lechuga del repollo. Los médicos que atendieron al “Tila”, el violador que se suicidó en la cana, concluyeron que tenía esquizofrenia, entre otras cosas, por su raro gusto musical. En su pieza, en una repisa de madera que seguramente él mismo armó, donde también guardaba los “monos” de pasta base, tenía casetes de Beethoven y Los Prisioneros. Mal diagnóstico. Prefiero ni pensar que tengo ciertos patrones de conducta que coinciden con los del chacal. Mi lado oscuro: el miedo, la ira……A Yoda le suena mejor.
Lista la compilación. Un café para calentar el cuerpo y bajo a Playa Negra. A los cinco minutos ya voy raja, con el pecho apretado como cuando se estrujan los jeans en los mochileos, a punto de desfallecer. El tabaco puede ser dañino para la salud. Vaya que sí. Me reto por ser tan pajero y me concentro en las canciones y el mar, que está muy tranquilo, quieto, aunque con colores algo turbios, señal que la lluvia en cualquier momento va a continuar. Una gota, dos gotas. Se largó. El agua me da un segundo aire y logro terminar el circuito. Me detengo a un par de cuadras de la casa para sentir la lluvia caer en mi cara. Miro al cielo, cierro los ojos y apago el walkman. El viento abraza los pinos, sacudiéndolos suavemente, musicalmente, en un vaivén que me puedo imaginar sin verlo. Siento un poco de frío por la transpiración que se va congelando, pero me quedo un rato más, con las zapatillas pegadas en el barro.
De vuelta a casa. Después de la ducha, me siento cerca de la estufa. Falta café. Con la taza en mis manos, retomo la lectura de “Literatura y Marxismo”, uno de los encargos de la española. Avanzo bastante.
Hace unos días, vi “Mar Adentro”, la última de Amenábar. Algunos se empeñan en decir que es chileno porque nació por casualidad acá y se fue tras el golpe militar siendo un bebé, como si a esa edad la tierra o sus costumbres marcaran. Por la forma en que aborda el caso Sampedro se nota a la legua que de chileno no le queda nada. Yo, sinceramente, si el hombre me lo hubiese pedido, también lo hubiera ayudado en su plan de muerte. Si mal no recuerdo, los suicidas tienen un espacio en uno de los círculos infernales de Dante. ¿Cuál es su castigo? Transformarse en árboles, ver cómo transcurre todo sin poder mover una rama ni gritar, hundidos en la desesperación de ser incapaces de arrancarse las raíces.
Sampedro vivió 28 años como un árbol. Si se fue al infierno, seguramente será más agradable que lo que vivió acá. Aquí, en Chile, si uno intenta quitarse la vida y no le resulta, debe responder ante la Justicia. ¡Qué mierda tiene que hacer un juez, refrigerador insensible, frente a algo así! No hay leyes que interpreten la angustia, el vacío, las ganas de zafarse de todo y todos, de mandar al carajo una existencia que lo único que provoca es dolor, frustración, autocompasión. Sampedro soñaba abriendo la ventana y volando casi a ras de piso, esquivando los árboles, riéndose de ellos, tan estáticos los pobres, tan ignorados por el resto, que sólo se acuerda de ellos para fotografías o para las campañas de Greenpeace. Todos tenemos una ventana. Yo cerré la mía hace un tiempo, cuando me convencí que no tengo el coraje ni los huevos para tomar una decisión tan drástica. Hace un tiempo, un amigo escribió, en un pasquín universitario, una columna donde anunciaba que, en el mismo momento en que escribía esas líneas, estaba preparando su suicidio. Contaba los segundos. Lo encontré francamente horrible, estúpido, de adolescente mimado. No se bromea con esas cosas. Si lo escribes, actúa. No te hagas el huevón.
Me entretengo bastante. Todos quisimos ser DJ alguna vez. Como Cusak en “Alta Fidelidad”, selecciono las canciones de acuerdo a mi propia biografía, ninguna está unida a otra por casualidad. Los vínculos son asombrosos y sólo yo los puedo entender. Épocas y estilos se confunden como en un plato de ensalada, sin colores que distingan la lechuga del repollo. Los médicos que atendieron al “Tila”, el violador que se suicidó en la cana, concluyeron que tenía esquizofrenia, entre otras cosas, por su raro gusto musical. En su pieza, en una repisa de madera que seguramente él mismo armó, donde también guardaba los “monos” de pasta base, tenía casetes de Beethoven y Los Prisioneros. Mal diagnóstico. Prefiero ni pensar que tengo ciertos patrones de conducta que coinciden con los del chacal. Mi lado oscuro: el miedo, la ira……A Yoda le suena mejor.
Lista la compilación. Un café para calentar el cuerpo y bajo a Playa Negra. A los cinco minutos ya voy raja, con el pecho apretado como cuando se estrujan los jeans en los mochileos, a punto de desfallecer. El tabaco puede ser dañino para la salud. Vaya que sí. Me reto por ser tan pajero y me concentro en las canciones y el mar, que está muy tranquilo, quieto, aunque con colores algo turbios, señal que la lluvia en cualquier momento va a continuar. Una gota, dos gotas. Se largó. El agua me da un segundo aire y logro terminar el circuito. Me detengo a un par de cuadras de la casa para sentir la lluvia caer en mi cara. Miro al cielo, cierro los ojos y apago el walkman. El viento abraza los pinos, sacudiéndolos suavemente, musicalmente, en un vaivén que me puedo imaginar sin verlo. Siento un poco de frío por la transpiración que se va congelando, pero me quedo un rato más, con las zapatillas pegadas en el barro.
De vuelta a casa. Después de la ducha, me siento cerca de la estufa. Falta café. Con la taza en mis manos, retomo la lectura de “Literatura y Marxismo”, uno de los encargos de la española. Avanzo bastante.
Hace unos días, vi “Mar Adentro”, la última de Amenábar. Algunos se empeñan en decir que es chileno porque nació por casualidad acá y se fue tras el golpe militar siendo un bebé, como si a esa edad la tierra o sus costumbres marcaran. Por la forma en que aborda el caso Sampedro se nota a la legua que de chileno no le queda nada. Yo, sinceramente, si el hombre me lo hubiese pedido, también lo hubiera ayudado en su plan de muerte. Si mal no recuerdo, los suicidas tienen un espacio en uno de los círculos infernales de Dante. ¿Cuál es su castigo? Transformarse en árboles, ver cómo transcurre todo sin poder mover una rama ni gritar, hundidos en la desesperación de ser incapaces de arrancarse las raíces.
Sampedro vivió 28 años como un árbol. Si se fue al infierno, seguramente será más agradable que lo que vivió acá. Aquí, en Chile, si uno intenta quitarse la vida y no le resulta, debe responder ante la Justicia. ¡Qué mierda tiene que hacer un juez, refrigerador insensible, frente a algo así! No hay leyes que interpreten la angustia, el vacío, las ganas de zafarse de todo y todos, de mandar al carajo una existencia que lo único que provoca es dolor, frustración, autocompasión. Sampedro soñaba abriendo la ventana y volando casi a ras de piso, esquivando los árboles, riéndose de ellos, tan estáticos los pobres, tan ignorados por el resto, que sólo se acuerda de ellos para fotografías o para las campañas de Greenpeace. Todos tenemos una ventana. Yo cerré la mía hace un tiempo, cuando me convencí que no tengo el coraje ni los huevos para tomar una decisión tan drástica. Hace un tiempo, un amigo escribió, en un pasquín universitario, una columna donde anunciaba que, en el mismo momento en que escribía esas líneas, estaba preparando su suicidio. Contaba los segundos. Lo encontré francamente horrible, estúpido, de adolescente mimado. No se bromea con esas cosas. Si lo escribes, actúa. No te hagas el huevón.


3 Comments:
Que suerte la tuya, salir a trotar y tener el mar de compañía, a mi me gusta caminar pero lo único que veo siempre es cemento, cuando haya mar en Santiago prometo salir a trotar todos los día, con respecto a lo de la eutanasia estoy de acuerdo contigo, hay que ser valiente para suicidarse, o pedir a otros que te ayuden a hacerlo, la prohibición a la eutanasia es el reflejo de lo poco libres que somos, no tenemos derecho a mandar ni en nuestro propio cuerpo.
Me gusta tu forma de escribir, me siento muy identificado, desde estos momentos tienes un lector fiel.
No soy bueno para trotar, con o sin mar. Mi guata indigna me ha obligado a tomar medidas de "choque". Jajajajaja. Estoy lesionado de la rodilla y no puedo jugar fútbol. Mal.
Un abrazo....
También seguiré tu blog
La verdad....no me parece que intentar suicidarse sea siempre un acto de valentía....a mi más me parece un grito desesperado para intentar nunca más verle la cara a algunas personas...ya sea por verguenza o por lo que sea.
El caso de Ramón Sanpedro es claramente diferente.
Daniel...de verdad eres la persona que más me gusta como escribe en el mundo... GRACIAS
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