ESPEJOS

Detesto los espejos. Son tan atentos como las sombras. Siempre me ha llamado la gente que se detiene frente a ellos, saludando al clon con gestos tontos como subirse el pantalón para que el resto crea que tiene poto. Una tarde, esperando que llegara la hora de la función en el cine Arte, observé un rato a las personas que venían desde la Galería Florida y se dirigían a Arlegui. Pocos se resistían frente al espejo que separaba la disquería de una tienda de ropa, tan amplio como los que hay en los gimnasios. Parecían perros persiguiendo su cola. El reflejo es engañoso. Nunca somos el tipo que tenemos al frente, por más que nos ilusionemos.
¿Are you talking to me? Tampoco es para caer en el delirio alienado de Travis Bickle. Simple: lo que se ve no existe, no hay nada al frente, tal como le ocurre a los vampiros. Por eso ando despeinado y me corto con la máquina de afeitar. Mientras más rápido sea el trámite con ese mudo que como puede da entender que soy yo, mejor me siento. Además, está latente la posibilidad que me acostumbre a su presencia y me convierta en el pitufo vanidoso, quizás no tan contento como el enano azul, tomando en cuenta mi nariz chueca, un par de dientes ausentes y los cachetes que no paran de crecer. Siguiendo mi teoría, asumiendo que cada uno hace su imagen, tal vez la nariz no esté tan chueca. Sé que no es un tirabuzón boxeril, pero puede ser que no tenga agujeros de enchufe y de distinto tamaño. Menos mal que sólo me miro cuando me afeito.
Hoy me sentí obligado a verme con detención. Después de tantos retos y bromas en el trabajo, estimé conveniente comprobar científicamente qué tan ordinario tenía el pelo. Pretendía parecerme a un futbolista o rockero argentino, pero me encontré con un vendedor de helados. No sacaba nada con explicarles mi postura sobre los espejos, porque seguramente repetirían lo de siempre: vos estás loco, huevón. Me resigné y asumí al instante que, efectivamente, nadie puede trabajar con ese pelo.
Llegué a la galería Carrusel de la calle Valparaíso, cuyo primer piso está repleto de peluquerías. Me di cuenta que hacía mucho tiempo que no venía. Ya no está la Mely. Dicen que sus hijos metieron mano en el negocio y la arruinaron. La vieja tuvo que arrancar a Estados Unidos para aguantar el bochorno. Su imperio se derrumbó el año pasado, para felicidad de los otros locales, aburridos que la Mely acaparara tantos clientes con sus tres negocios. Si el mercado no te caga, siempre están los familiares chupa sangre para cumplir su labor. Entré a una peluquería donde vi que había dos minas con cara de simpáticas. Me reí mucho con ellas. La conversación me distrajo tanto, que no me di cuenta que tenía un reflejo idiota frente a mí.
Hoy me sentí obligado a verme con detención. Después de tantos retos y bromas en el trabajo, estimé conveniente comprobar científicamente qué tan ordinario tenía el pelo. Pretendía parecerme a un futbolista o rockero argentino, pero me encontré con un vendedor de helados. No sacaba nada con explicarles mi postura sobre los espejos, porque seguramente repetirían lo de siempre: vos estás loco, huevón. Me resigné y asumí al instante que, efectivamente, nadie puede trabajar con ese pelo.
Llegué a la galería Carrusel de la calle Valparaíso, cuyo primer piso está repleto de peluquerías. Me di cuenta que hacía mucho tiempo que no venía. Ya no está la Mely. Dicen que sus hijos metieron mano en el negocio y la arruinaron. La vieja tuvo que arrancar a Estados Unidos para aguantar el bochorno. Su imperio se derrumbó el año pasado, para felicidad de los otros locales, aburridos que la Mely acaparara tantos clientes con sus tres negocios. Si el mercado no te caga, siempre están los familiares chupa sangre para cumplir su labor. Entré a una peluquería donde vi que había dos minas con cara de simpáticas. Me reí mucho con ellas. La conversación me distrajo tanto, que no me di cuenta que tenía un reflejo idiota frente a mí.


3 Comments:
Jajaja....yo soy de las que SIEMPRE me he mirado en ese espejo, pero nunca había pensado en la posibilidad que los demás me vieran como un "perro siguiendo mi cola" tendré que analizar más mis actos....jejeje. Con respecto al pelo....bien, muy bien.
Chau
Los espejos me fascinan tanto como las sombras... especialmente cuando estoy un poco bebida :-)
Hay un efecto curioso cuando te miras mucho tiempo en un espejo: tu rostro parece transformarse hasta resultarnos desconocido: tal vez otro yo que aflora y nos asusta mirar, tal vez simplemente un cambio en la percepción de los sentidos similar al que se da con las figuras de la vieja-joven o la copa-beso.
Yo no tengo espejo en casa, salvo algo parecido al latón en el armario del baño. Pero cuando bajo la escalera del portal puedo verme de cuerpo entero y entonces ya voy tarde a donde sea y es demasiado tarde para echarse atrás.
Quien se mira largo rato en un espejo, salvo cuando se trata de un vanidoso enfermizo, busca de algún modo mirarse para adentro, o saber cómo le ven los demás a uno.
No menosprecies los espejos ni las sombras, no hacen más que devolverte algo...
te sigo siguiendo. Abrazo grande
Corazón, nada más que decirte que cambié la dirección del blog y que ahora soy damadescalza, no tzade. Me encanta leerte, no pares de escribir. Mil besos.
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