MADRE
"Recuerdo cuando dije que este invierno sería menos frío que el anterior. Aquí estoy: congelándome" (Paramar, Los Prisioneros)
Dos hermanas se proponen adelgazar. Una amiga encontró en internet una sopa, compuesta sólo por verduras verdes, que dicen que es milagrosa. No pierden nada con probar. No es tan urgidas, más que nada es para comprobar si es tan efectiva. La madre se ofrece a prepararla, algo que las alivia un poco, porque ninguna disfruta estando mucho rato en la cocina. A la hora de almuerzo, se miran antes de probarla, como un rito previo a saber si es mala o no. La menor, sólo dos años más chica, descubre que hay un trozo de algo naranjo en el plato, un pedazo minúsculo, que podría haber pasado desapercibido entre las cucharadas y la conversación de la mesa. El naranjo desentonó en el fondo verde, tan espeso como la laguna Sausalito con sus algas a ratos invisibles.
-¡Mamá! ¡Le pusiste zanahoria, te dijimos que sólo era con verduras verdes!
-Yo no le puse nada, seguí la receta que me dieron, tal cual –se defiende la madre, ensayando una cara de sorpresa, apretando un poco la boca.
Las hermanas quedan con las cucharas en la mano. La mayor recuerda que en la mañana vio que quedaba una zanahoria en el refrigerador, en el último compartimiento, junto a las lechugas y una pequeña malla de limones. Se paran y corren a la cocina, sin dejar tiempo para que la madre invente una excusa o se levante al momento a acompañarlas. Llega tarde. El refrigerador alumbra todo, como queriendo tragarse la calefacción y a la vez delatar a la dueña de casa. Como el día está muy nublado y la cocina es bastante cerrada, la luz se proyecta como el reflector que utilizan los policías gringos en los interrogatorios de las películas. Confiesa, mamá. Ella niega todo hasta hoy, después de varios años.
Estas historias son las que más me gustan, las disfruto tanto que a veces me quedo para adentro, callado, como ahora, quizás haciendo que, erróneamente, mi amiga piense que no la sigo con atención. De hecho, al final se excusa definiendo la anécdota como demasiado doméstica. Son las mejores. ¿Qué habrá pensado la mamá? ¿Fue involuntario? No creo. Tiene que haber pensado que la sopa era muy liviana para las niñitas y que no se iban a dar cuenta si le ponía algo más, aunque la zanahoria no fuera una carga muy vitamínica. Saco mis conclusiones sobre la arena, con un atardecer muy discreto, egoísta en colores y fuegos.
Minutos después, en la micro hacia una nueva batalla del Medal of Honor en el ciber-café del Enano, suena el teléfono y me entero que el examen a la madre de otra amiga estableció que el tumor era benigno. Es imposible no unir las historias. A las dos madres me las he imaginado y diría que hasta, cierto punto, se parecen, algo nada raro en realidad, pues las mamás comparten muchos denominadores en común, de acuerdo al léxico matemático. Siento una alegría enorme por la noticia, celebro en el último asiento que esta familia, de la que conozco sólo a mi amiga, a quien, en realidad, todavía no conozco a cabalidad, se haya salvado de un trance tan doloroso. El destino movió los caballos y los alfiles mejor que el cáncer, jugador de movimientos fulminantes, de jaque mate implacables. Me acuerdo de la clásica escena de El Séptimo Sello de Bergman.
A unas cuadras de la casa, sin conseguir que la chaqueta me cubra el cuello, recuerdo que mi vieja a mí también me acompañó hoy.
Encerrado en la casa de mi padre, un ser ya desconocido, esperaba que regresara del baño. La conversación había sido tensa como siempre. Como cree en la vida eterna, lo torturé preguntándole cómo piensa que mi vieja lo está juzgando por todos los malos ratos que me hace pasar, por su indiferencia cruel y desnaturalizada. Se quedó callado. Mientras esperaba que volviera del baño, pensé que esas palabras sobraron, que no me podía rebajar, que no podía permitir que los problemas me consumieran y me privaran de cordura. No quiero provocar daño, aunque se lo merezca. Se demoró demasiado, su próstata ya no debe funcionar bien. Le pedí a mi vieja que me ayudara a controlarme y no incendiar todo. Por casualidad, sin intrusear mucho, encontré unos viejos casetes de música griega que eran de ella. Coloqué Milise Mou, una de mis favoritas, fija en los domingos de la infancia y en las fiestas de la colectividad, cuando éramos una familia feliz o, por lo menos, en apariencia. Sentí que la vieja había entrado en la casa, pese a que seguramente le debió dar asco. La sentí conmigo. Mi viejo volvió, pero ya fue más fácil.
Sentí a tres madres muy cerca hoy. Eso alivia de zorras españolas, deudas y cesantías.
-¡Mamá! ¡Le pusiste zanahoria, te dijimos que sólo era con verduras verdes!
-Yo no le puse nada, seguí la receta que me dieron, tal cual –se defiende la madre, ensayando una cara de sorpresa, apretando un poco la boca.
Las hermanas quedan con las cucharas en la mano. La mayor recuerda que en la mañana vio que quedaba una zanahoria en el refrigerador, en el último compartimiento, junto a las lechugas y una pequeña malla de limones. Se paran y corren a la cocina, sin dejar tiempo para que la madre invente una excusa o se levante al momento a acompañarlas. Llega tarde. El refrigerador alumbra todo, como queriendo tragarse la calefacción y a la vez delatar a la dueña de casa. Como el día está muy nublado y la cocina es bastante cerrada, la luz se proyecta como el reflector que utilizan los policías gringos en los interrogatorios de las películas. Confiesa, mamá. Ella niega todo hasta hoy, después de varios años.
Estas historias son las que más me gustan, las disfruto tanto que a veces me quedo para adentro, callado, como ahora, quizás haciendo que, erróneamente, mi amiga piense que no la sigo con atención. De hecho, al final se excusa definiendo la anécdota como demasiado doméstica. Son las mejores. ¿Qué habrá pensado la mamá? ¿Fue involuntario? No creo. Tiene que haber pensado que la sopa era muy liviana para las niñitas y que no se iban a dar cuenta si le ponía algo más, aunque la zanahoria no fuera una carga muy vitamínica. Saco mis conclusiones sobre la arena, con un atardecer muy discreto, egoísta en colores y fuegos.
Minutos después, en la micro hacia una nueva batalla del Medal of Honor en el ciber-café del Enano, suena el teléfono y me entero que el examen a la madre de otra amiga estableció que el tumor era benigno. Es imposible no unir las historias. A las dos madres me las he imaginado y diría que hasta, cierto punto, se parecen, algo nada raro en realidad, pues las mamás comparten muchos denominadores en común, de acuerdo al léxico matemático. Siento una alegría enorme por la noticia, celebro en el último asiento que esta familia, de la que conozco sólo a mi amiga, a quien, en realidad, todavía no conozco a cabalidad, se haya salvado de un trance tan doloroso. El destino movió los caballos y los alfiles mejor que el cáncer, jugador de movimientos fulminantes, de jaque mate implacables. Me acuerdo de la clásica escena de El Séptimo Sello de Bergman.
A unas cuadras de la casa, sin conseguir que la chaqueta me cubra el cuello, recuerdo que mi vieja a mí también me acompañó hoy.
Encerrado en la casa de mi padre, un ser ya desconocido, esperaba que regresara del baño. La conversación había sido tensa como siempre. Como cree en la vida eterna, lo torturé preguntándole cómo piensa que mi vieja lo está juzgando por todos los malos ratos que me hace pasar, por su indiferencia cruel y desnaturalizada. Se quedó callado. Mientras esperaba que volviera del baño, pensé que esas palabras sobraron, que no me podía rebajar, que no podía permitir que los problemas me consumieran y me privaran de cordura. No quiero provocar daño, aunque se lo merezca. Se demoró demasiado, su próstata ya no debe funcionar bien. Le pedí a mi vieja que me ayudara a controlarme y no incendiar todo. Por casualidad, sin intrusear mucho, encontré unos viejos casetes de música griega que eran de ella. Coloqué Milise Mou, una de mis favoritas, fija en los domingos de la infancia y en las fiestas de la colectividad, cuando éramos una familia feliz o, por lo menos, en apariencia. Sentí que la vieja había entrado en la casa, pese a que seguramente le debió dar asco. La sentí conmigo. Mi viejo volvió, pero ya fue más fácil.
Sentí a tres madres muy cerca hoy. Eso alivia de zorras españolas, deudas y cesantías.


3 Comments:
Negrito o explotas esa capacidad tuya de trasnportar a la gente a tu mente o te pierdes en la condescendencia de que pudiste ser o hacer. (no es dificil imaginarme el tono, tu mirada dura, cuando hablabas con tu papa te puedo casi asegurar que estabas sentado de lado y que tenias un codo en la mesa y el otro ne la silla mientras te tocabas las manos movias el anillo -ese definitivamente es una mania tuya- pues tu forma de escribir permite verte tal cual.
Ya eso, besos nos vemos.
El anillo salva cuando uno no quiere mirar al otro. A medida que lo giras, encuentras las palabras pa desahogarte.....igual, útil , o no?
salu2
En un test que me hice hace 10 años ya (el de las manchas... prefiero no escribirlo porke fijo ke lo escribo mal) había una imagen (que se supone que es la lámina de la madre) donde yo ví dos mujeres mirándose. Cuando la analista me pidió que elaborara, le dije: "es ke no hay mucho ke decir...se miran, son iguales...quizá un poko distintas. Son amigas, porque se están tomando de las manos". Cuando me entregaron el informe, el doc me dijo que no habían observaciones de mi relación con mi mamá. Ésa fue la última vez que lo fuí a ver, porke hasta yo pude entender que el weón era un chanta. Puedes tomarla prestada cuando quieras, a mi madre, Dani, porke la tenías en mente cuando pensábamos ke su viaje era precoz e injusto, y porke creo ke uno debe compartir lo que ama.
Publicar un comentario
<< Home