EL RIO
Pocos ubican a la "Ficción pulpa criolla". Fue un grupo reducido, una cáfila sedienta de sangre, sudor y cuchillos. Herederos de la prosa proletaria de Nicomedes Guzmán, sus miembros se esforzaron por mostrar el mundo de los bajos fondos, claro que sin el afán de adoctrinar políticamente a los lectores. Las obras de Alfredo Gómez Morel y Armando Méndez Carrasco son duras, fuertes, no dejan indiferente a nadie.
Gómez Morel terminó de escribir "El Río" mientras cumplía condena en la cárcel de Valparaíso, a finales de los 50'. Por casualidad, los manuscritos cayeron en manos de Pablo Neruda, quien inmediatamente bautizó la novela como el "clásico de la miseria".
De corte autobiográfico, este hombre cuenta la inquietante vida de un niño que es abandonado por su familia. Su padre, un prestigioso abogado, nieto de un conocido parlamentario durante el gobierno de Pedro Montt, no lo reconoció y su mamá no halló nada mejor que dejarlo tirado en la Alameda de San Felipe. Años más tarde, su progenitora se arrepiente y se lo lleva a Santiago, donde el leguleyo los empezó ayudar con una suerte de pensión.
En la capital, el pequeño Alfredo da sus primeros pasos en la delincuencia junto a los "pelusas" del Mapocho. Luego de ser violado por dos curas del colegio, el niño decide instalarse definitivamente en la caleta, cumpliendo los brutales ritos que exigen los líderes marginales.
El libro revisa la transformación de Alfredo, la pérdida de la inocencia y su desilusión frente a la sociedad. Fuguet dijo acertadamente una vez que Gómez Morel era el "Dickens" del Mapocho. Quizás uno de los puntos más rescatables es la honestidad del autor, su desvergonzada y particular manera de ver la delincuencia. Mugre envuelta en poesía.
Gómez Morel terminó de escribir "El Río" mientras cumplía condena en la cárcel de Valparaíso, a finales de los 50'. Por casualidad, los manuscritos cayeron en manos de Pablo Neruda, quien inmediatamente bautizó la novela como el "clásico de la miseria".
De corte autobiográfico, este hombre cuenta la inquietante vida de un niño que es abandonado por su familia. Su padre, un prestigioso abogado, nieto de un conocido parlamentario durante el gobierno de Pedro Montt, no lo reconoció y su mamá no halló nada mejor que dejarlo tirado en la Alameda de San Felipe. Años más tarde, su progenitora se arrepiente y se lo lleva a Santiago, donde el leguleyo los empezó ayudar con una suerte de pensión.
En la capital, el pequeño Alfredo da sus primeros pasos en la delincuencia junto a los "pelusas" del Mapocho. Luego de ser violado por dos curas del colegio, el niño decide instalarse definitivamente en la caleta, cumpliendo los brutales ritos que exigen los líderes marginales.
El libro revisa la transformación de Alfredo, la pérdida de la inocencia y su desilusión frente a la sociedad. Fuguet dijo acertadamente una vez que Gómez Morel era el "Dickens" del Mapocho. Quizás uno de los puntos más rescatables es la honestidad del autor, su desvergonzada y particular manera de ver la delincuencia. Mugre envuelta en poesía.


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