NACE UNA ESTRELLA
Como la mañana está nublada, nada mejor que un trote por el barrio para sentirse más liviano. Con vergüenza, noto que mis rollos rebotan como una maldita jalea de comercial televisivo. Apuro el ritmo, la cuchara late a mil por hora. Si bien es difícil que me encuentre con alguien que se mofe de mi “tejido adiposo”, como le decía Míster Pipa a Guatón en la revista Barrabases, decido colarme en el Stadio Italiano y no correr riesgos. El pudor es más fuerte.
Mientras doy vueltas a la cancha de fútbol, recuerdo un gol de fuera del área con que le ganamos a los “tanos” hace unos años. Había hecho poco, casi nada, el gol me salvó de retornar anticipadamente al camarín. En eso estoy, sudando la gota gorda, cuando veo que un numeroso grupo de niños está participando de una clase de tenis.
Esta fiebre por el deporte blanco tiene más de una explicación. Para mí, una de ellas es el interés de las madres por ganarse el Loto con un cabro chico tipo Chino Ríos o Massú. Si el enano se transforma en crack, adiós cuentas y bienvenidos viajes de ensueño, casinos y autos fantásticos. Los niños apenas se pueden las raquetas y supongo que la mayoría prefiere la pichanga en la calle, pero es lo de menos, la mamá hace el sacrificio de levantarse temprano y llevarlos al club.
El problema surgirá cuando el niño sea eliminado en primera ronda 0/6-0/6 y la familia desista de seguir con las clases. Johann van Beethoven se obsesionó con que su pequeño Ludwig fuera el nuevo Mozart. Ludwig dio su primer concierto público a los ocho años, a la edad en que el austríaco ya había compuesto piezas y asombraba al mundo. El padre del genio, borracho empedernido, dudó de la capacidad de su hijo, sin embargo, gracias la buena voluntad de un par de profesores, Beethoven salió adelante.
En Chile, se guarda la raqueta en el closet y se compra un amplificador a ver si el niño canta y puede postular al nuevo casting de “Rojo”.
Mientras doy vueltas a la cancha de fútbol, recuerdo un gol de fuera del área con que le ganamos a los “tanos” hace unos años. Había hecho poco, casi nada, el gol me salvó de retornar anticipadamente al camarín. En eso estoy, sudando la gota gorda, cuando veo que un numeroso grupo de niños está participando de una clase de tenis.
Esta fiebre por el deporte blanco tiene más de una explicación. Para mí, una de ellas es el interés de las madres por ganarse el Loto con un cabro chico tipo Chino Ríos o Massú. Si el enano se transforma en crack, adiós cuentas y bienvenidos viajes de ensueño, casinos y autos fantásticos. Los niños apenas se pueden las raquetas y supongo que la mayoría prefiere la pichanga en la calle, pero es lo de menos, la mamá hace el sacrificio de levantarse temprano y llevarlos al club.
El problema surgirá cuando el niño sea eliminado en primera ronda 0/6-0/6 y la familia desista de seguir con las clases. Johann van Beethoven se obsesionó con que su pequeño Ludwig fuera el nuevo Mozart. Ludwig dio su primer concierto público a los ocho años, a la edad en que el austríaco ya había compuesto piezas y asombraba al mundo. El padre del genio, borracho empedernido, dudó de la capacidad de su hijo, sin embargo, gracias la buena voluntad de un par de profesores, Beethoven salió adelante.
En Chile, se guarda la raqueta en el closet y se compra un amplificador a ver si el niño canta y puede postular al nuevo casting de “Rojo”.


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