martes, febrero 08, 2005

MEJOR NO HABLAR DE CIERTAS COSAS

Tengo amigos que se desesperan si no tienen algo qué hacer en su tiempo libre. Gastan todo el saldo de su celular con tal de asegurar alguna compañía, sea quien sea, hasta el perno que ignoraban en el colegio alivia un poco o, por lo menos, permite eludir la revisión de nuestras vidas. Con tantas metas que impone la sociedad, no sólo como persona, sino también como padre, hijo, hermano, trabajador y quién sabe más, muchos optan por hacerse los lesos. Más vale estar mal acompañado que cuantificar nuestros “logros”.
Manejo bien mi soledad. No la rehuyo y, en ocasiones, la disfruto. Claro, a veces también me achaco, sobre todo cuando pienso en las cosas que no hice por inmadurez o, más doloroso aún, los malos ratos que he hecho pasar a la gente que, paradójicamente, más estimo.
El único problema es a la hora de comer. Quienes viven solos concordarán conmigo que es triste prepararse un plato, sentarse y mirar el cuadro de la pared. Las tallas del “Festivalazo” y sus risas envasadas, sólo comparables a las del Chavo, algo sirven, pero es como irse al entretiempo con tres pepas en la canasta, es decir, con la certeza que, apenas se acabe ese lapso de tiempo, se retrocederá al estado anterior. Frente a estas tres líneas (soledad, almuerzo, festivalazo), resulta fácil cerrar el cuadrado con algo tan simple como echar todo rápidamente al buche antes que termine el programa radial. No es la idea. No soy un perro que espera babeando que le coloquen el banquete sintético en la bandeja que lleva su nombre. Me cuesta tanto cocinar, que sería un imbécil si devorara todo como una bestia.
Muero los domingos. Como no tengo cable, me debo conformar con el noticiero de las dos, con todas sus notas apuradas y cuñas trasnochadas. La imaginación editorial también se va de vacaciones en febrero, así es que abundan las playas, lagos, ríos, campos, en fin, todos esos lugares a los que un chileno como yo le es difícil acceder. El domingo pasado apagué la tele y, de puro picado, me di el gusto de comer afuera.