sábado, enero 15, 2005

¡GRACIAS, VIEJA!

En la puerta de su casa, Alfredo di Stéfano, la saeta rubia que llenó de copas al Real Madrid, levantó un monumento a su más fiel compañera: la pelota. Con un sencillo "gracias, vieja", el ídolo argentino agradeció todo lo que el balón le dio en la vida.
A mí, la pelolita me ha regalado momentos inolvidables, maravillosos, llenos de anécdotas sabrosas, de esas que se repiten una y otra vez en las conversaciones con vasos de cerveza sin espuma.
En "Fiebre en la Gradas", el escritor inglés Nick Hornby, el mismo de "Alta Fidelidad", revisa su vida a partir del fútbol. El Arsenal y su existencia se entrecruzan en una finta emocionante, original, sin lugares comunes, frontal como los carrerones de Thierry Henry en el Highbury.
En el camino, uno se percata como la pelota contempló silenciosamente, tan quieta como en un penal, los pasos y tropiezos de Hornby. A medida que avanzaba las páginas, sentía un efecto epifánico en mi disco duro, como esas ampolletas que se le encienden a los monitos animados. Empatía total.
Por ejemplo, al igual que Hornby, si perdía mi equipo, le pedía a mi mamá que me firmara un justificativo para faltar el lunes, obviamente un "enganche" para dejar pagando a mis burlescos compañeros. Como en los '80 la "U" anduvo de tumbo en tumbo y el Everton era uno de sus verdugos frecuentes, me fui acostumbrando a alargar los fines de semana. No me quedaba otra.
Al igual que Hornby, suelo asociar capítulos de mi vida con determinados partidos. El empate en El Salvador para el campeonato del '94, está unido, casi como con la gotita, con mi primera desilusión amorosa. El zapatazo del Pato Mardones se confunde con la patada que me dio esa caprichosa niñita.
Finalizo con otro apunte. Igual que al escritor, el fútbol siempre se preocupó de regalarme nuevas amistades, en todos lados, en este mismo diario. Con ella, todo es más fácil. Gracias, vieja.