EN EL LUGAR SAGRADO
En una vieja novela de Poli Délano, un antihéroe de clase media se queda encerrado en el baño de un cine justo en la madrugada del 11 de septiembre de 1973. Para matar el tiempo, fija un horario para recordar su época universitaria en una pensión de mala muerte, sus pololas, sus sueños y frustraciones. Para tomar aire, bastante contaminado por lo demás, revisa algunos de los originales grafittis que adornan las puertas de los W.C. públicos de nuestro país.
Hago esta introducción, porque hace un tiempo viví una experiencia muy desagradable. Caminando por la calle Valparaíso sentí unos retorcijones que sacudieron mi estómago, igual que cuando, sin querer, me comí una barra entera de chocolate laxante.
Tenía los bolsillos pelados, no tenía ni cien pesos para dejar como propina. ¿Qué hago? Necesitaba un baño, cualquiera, daba lo mismo: con la cadena mala, sin perillas en las puertas, con el piso mojado, en fin.
Al parecer, mi angustiado rostro y mi pinta poco formal me delataban, si no, no logro entender cómo los tipos sabían que me dirigía al baño del local, que ni siquiera iba a comprar una soda. ¿Experiencia? ¿Brujería? ¿Guardianes del lugar sagrado? Malditos, cómo son capaces de expulsar así, tan deshumanizadamente, a un pobre hombre que calculó mal su ciclo de digestión.
Recorrí toda la calle Valparaíso. En el "Ave César", entré muy campante, silbando "Promesas sobre el bidet", simulando que buscaba a alguien con quien me había citado en el subterráneo, justo al lado del baño.
-Pssst, pssttt, joven
Cuando ya fue imposible hacerme el desentendido, miré de reojo a la señora, pero lo suficiente para advertir la tarjeta roja que estuvo a punto de provocar una jornada de furia a lo Bonvallet. Después de murmurar un par de maldiciones, me acordé de mi querido Cine Arte. Como me conocen, entré soplado a las "casitas". Relajado leí en la puerta: "Hazlo contento, tranquilo o con pena, pero, igual, tira la cadena".
Hago esta introducción, porque hace un tiempo viví una experiencia muy desagradable. Caminando por la calle Valparaíso sentí unos retorcijones que sacudieron mi estómago, igual que cuando, sin querer, me comí una barra entera de chocolate laxante.
Tenía los bolsillos pelados, no tenía ni cien pesos para dejar como propina. ¿Qué hago? Necesitaba un baño, cualquiera, daba lo mismo: con la cadena mala, sin perillas en las puertas, con el piso mojado, en fin.
Al parecer, mi angustiado rostro y mi pinta poco formal me delataban, si no, no logro entender cómo los tipos sabían que me dirigía al baño del local, que ni siquiera iba a comprar una soda. ¿Experiencia? ¿Brujería? ¿Guardianes del lugar sagrado? Malditos, cómo son capaces de expulsar así, tan deshumanizadamente, a un pobre hombre que calculó mal su ciclo de digestión.
Recorrí toda la calle Valparaíso. En el "Ave César", entré muy campante, silbando "Promesas sobre el bidet", simulando que buscaba a alguien con quien me había citado en el subterráneo, justo al lado del baño.
-Pssst, pssttt, joven
Cuando ya fue imposible hacerme el desentendido, miré de reojo a la señora, pero lo suficiente para advertir la tarjeta roja que estuvo a punto de provocar una jornada de furia a lo Bonvallet. Después de murmurar un par de maldiciones, me acordé de mi querido Cine Arte. Como me conocen, entré soplado a las "casitas". Relajado leí en la puerta: "Hazlo contento, tranquilo o con pena, pero, igual, tira la cadena".


0 Comments:
Publicar un comentario
<< Home