sábado, enero 15, 2005

TUNEL DEL TIEMPO COMPARTIDO

La playa Los Lilenes es muy especial. Como a los cinco años, tal vez un poco menos, disfrutaba haciendo "olitas" con mis primos, cuando mi gruesa barriga comenzó a retorcerse en señal de que algo indeseable venía en camino. Espero que con esta confesión algo vulgar no me caigan encima los sabuesos de la salud para recriminarme por alguna norma retroactiva, pero, la verdad, fui a desahogar los retortijones en los roqueríos del fondo, sin imaginar que dos primos me seguían silenciosamente para delatar mi conducta tan poco higiénica. El pellizcón de mi viejita todavía palpita en mi brazo.
Aparte del mar, la majestuosa duna que rodea al balneario se nos antojaba como un tobogán a prueba de costalazos y dolores. La subida era eterna y, a medida que se avanzaba, las plantas de los pies chillaban por el calor, como si fueran huevos fritos ardiendo en la sartén.
El premio era impagable: unos cien metros de caída libre, revolcones y saltos mortales para terminar en un túnel que nos conducía directamente a la playa. El angosto pasadizo que cruza por debajo al camino costero -que por aquel entonces, ya tenía hoyos- era algo grandioso, el broche de oro para recomponer fuerzas y subir otra vez.
Con el tiempo, siempre ignorantes al qué dirán, nos lanzábamos en unos cartones 4x4 que nos permitían alcanzar una velocidad dignas del Halcón Milenario de Han Solo. La arena cubría nuestros cuerpos como si fuéramos escalopas y no faltaba el despistado que por gritar un agringado "Jerónimo" se tragara un par de kilos.
Hoy, el sendero para llegar a la cima de la duna está cortado. De todas formas, si se saltan las barreras, uno se topa con los cables eléctricos de la nueva civilización de tiempo compartido que se ha instalado en uno de los santuarios de mi infancia.
El maravilloso pasadizo de antaño, ahora se parece al lúgubre túnel que recorre Carlos Pinto en uno de sus programillas. Después de tan duro golpe, me dieron ganas de ir al baño.