SOBREDOSIS DE TV
Estaba en la sala de prensa del Congreso Nacional. Toda la tropa que compone Anatel local, como en el diario decimos a los corresponsales televisivos que se ponen de acuerdo para tener las mismas imágenes y cuñas, imponiendo la flojera sobre la ética profesional, me ignoraron como siempre, salvo un par de camarógrafos que no se creen el cuento. Me encerré en un diminuto despacho, ahogado por la rutina. Faltaba como media hora para que Cheyre saliera de su reunión con los diputados, tiempo suficiente para abrir el Messenger y pelar el cable con los amigos.
Me encontré con un colega que conocí hace cuatros años, cuando realicé mi práctica profesional en un canal santiaguino. Fui directo al grano. Loco, me quiero largar del diario. Así, gracias al chat que tantos condenan por inútil, conseguí pega en un programa matinal. Seguí en el diario porteño hasta el cambio de mando y al otro día me trasladé a la capital, alojando en la casa de un compañero de colegio. Me convertí en un homeless. No tengo residencia en ninguna parte. Abandoné el departamento en el Cerro Alegre y aquí bolseo hasta consolidarme un poco. Por suerte, mi compadre, que es un santo, me dijo que me quedara lo que quisiera. Él sabe perfectamente que no desprecio ese tipo de ofertas y que me las tomo en serio. En una palabra: cooperó. De todas formas, como no soy tan canalla, espero encontrar pronto algo cómodo y barato. No quiero arriesgarme y convivir con desconocidos. De eso, ya tengo suficiente experiencia.
Me he acostumbrado a despertarme a las 4 de la mañana. Como siempre he dormido mal, la modorra es un enemigo conocido, nada que no pueda superar con música y café. Sí, lo confieso, reincidí en el café. Es mi droga. No puedo hacer nada contra eso, menos ahora, que debo estar prendido para funcionar dentro un esquema que recién estoy comenzando a dominar, aprendiendo sobre la marcha. El grupo es simpático y sencillo. Como el programa sale al aire minutos antes de las seis, nunca lo había sintonizado. Quizás por eso el primer día me sentí un poco raro, al verlo por primera vez desde dentro, no como espectador, teniendo la posibilidad de intervenir cuantas veces quisiera a través del sonopronter. Ya han pasado varios días y me siento muy bien. Además estoy postulando a otras pegas para tener las lucas suficientes para establecerme acá con la Pina. Estoy muy optimista. A los fantasmas del pasado, convencidos como los de Rulfo que todavía están vivos, los aniquilé para siempre. Si se asoman en mi mente, atravesando mi inconciente con algún truco jedi o intentando acoplarse otra vez a mi vida como sucios polizontes, los despejo con la furia del “Ligua” Puebla cuando reventaba la pelota fuera del estadio, a veces con jugador y todo. No es un logro menor. No ha sido fácil deshacerme de cargas, frustraciones o penas anteriores, acumuladas como las chatarras de los corrales municipales. Uno sabe que son latas, vestigios de algo que no funciona o ya ni siquiera existe, pero, físicamente, están presentes y no pasa mucho rato antes que subliminalmente echen a andar los motores en la cabeza. Chatarras laborales, familiares, afectivas se hacen carne cruda, roja hasta el desangramiento. Ahí está al avance: ahora nunca me olvido que son chatarra.
No podía seguir marginándome por trancas. Marginarse. Es un concepto amplio, tal vez muy unido al “arrendarse” que algunos no le entendieron o no le quisieron entender a Fuguet en su película. Cualquiera puede ser un outsider. No necesariamente tienes que ser como los pendejos de la cinta de Coppola, todos pobres, huérfanos y buenos para los combos. Nuestro país está lleno de tipos que juegan a ser malditos, posando como mártires del sistema, pero, finalmente, son una mala copia de la derrota. Son parte de lo que tanto detestan. Yo soy parte del sistema. Siempre lo he sido, a pesar de que me repugna. Prefiero no engañarme. Lo reconozco sin complejos. Sin embargo, hasta ahora, había optado por marginarme del centro del sistema. No sé si me explico bien. Me sentía como outsider, aunque viva estrangulado por las cuentas del banco y las casas comerciales. Puesto de esa manera, parezco un consumidor compulsivo con delirios de marginalidad. No lo soy. Por gente cobarde y egoísta, caí en esa situación que, si bien ya no me acongoja por el estado de optimismo en que me encuentro, de vez en cuando saca sus garras para sacudirme un poco y a la vez recordarme que sigo siendo un esclavo, por más que mi alma se siga sintiendo libre y soñadora. Afortunadamente, el alma es lo que vale. El resto es relleno. Vamos que se puede, carajo.
Me encontré con un colega que conocí hace cuatros años, cuando realicé mi práctica profesional en un canal santiaguino. Fui directo al grano. Loco, me quiero largar del diario. Así, gracias al chat que tantos condenan por inútil, conseguí pega en un programa matinal. Seguí en el diario porteño hasta el cambio de mando y al otro día me trasladé a la capital, alojando en la casa de un compañero de colegio. Me convertí en un homeless. No tengo residencia en ninguna parte. Abandoné el departamento en el Cerro Alegre y aquí bolseo hasta consolidarme un poco. Por suerte, mi compadre, que es un santo, me dijo que me quedara lo que quisiera. Él sabe perfectamente que no desprecio ese tipo de ofertas y que me las tomo en serio. En una palabra: cooperó. De todas formas, como no soy tan canalla, espero encontrar pronto algo cómodo y barato. No quiero arriesgarme y convivir con desconocidos. De eso, ya tengo suficiente experiencia.
Me he acostumbrado a despertarme a las 4 de la mañana. Como siempre he dormido mal, la modorra es un enemigo conocido, nada que no pueda superar con música y café. Sí, lo confieso, reincidí en el café. Es mi droga. No puedo hacer nada contra eso, menos ahora, que debo estar prendido para funcionar dentro un esquema que recién estoy comenzando a dominar, aprendiendo sobre la marcha. El grupo es simpático y sencillo. Como el programa sale al aire minutos antes de las seis, nunca lo había sintonizado. Quizás por eso el primer día me sentí un poco raro, al verlo por primera vez desde dentro, no como espectador, teniendo la posibilidad de intervenir cuantas veces quisiera a través del sonopronter. Ya han pasado varios días y me siento muy bien. Además estoy postulando a otras pegas para tener las lucas suficientes para establecerme acá con la Pina. Estoy muy optimista. A los fantasmas del pasado, convencidos como los de Rulfo que todavía están vivos, los aniquilé para siempre. Si se asoman en mi mente, atravesando mi inconciente con algún truco jedi o intentando acoplarse otra vez a mi vida como sucios polizontes, los despejo con la furia del “Ligua” Puebla cuando reventaba la pelota fuera del estadio, a veces con jugador y todo. No es un logro menor. No ha sido fácil deshacerme de cargas, frustraciones o penas anteriores, acumuladas como las chatarras de los corrales municipales. Uno sabe que son latas, vestigios de algo que no funciona o ya ni siquiera existe, pero, físicamente, están presentes y no pasa mucho rato antes que subliminalmente echen a andar los motores en la cabeza. Chatarras laborales, familiares, afectivas se hacen carne cruda, roja hasta el desangramiento. Ahí está al avance: ahora nunca me olvido que son chatarra.
No podía seguir marginándome por trancas. Marginarse. Es un concepto amplio, tal vez muy unido al “arrendarse” que algunos no le entendieron o no le quisieron entender a Fuguet en su película. Cualquiera puede ser un outsider. No necesariamente tienes que ser como los pendejos de la cinta de Coppola, todos pobres, huérfanos y buenos para los combos. Nuestro país está lleno de tipos que juegan a ser malditos, posando como mártires del sistema, pero, finalmente, son una mala copia de la derrota. Son parte de lo que tanto detestan. Yo soy parte del sistema. Siempre lo he sido, a pesar de que me repugna. Prefiero no engañarme. Lo reconozco sin complejos. Sin embargo, hasta ahora, había optado por marginarme del centro del sistema. No sé si me explico bien. Me sentía como outsider, aunque viva estrangulado por las cuentas del banco y las casas comerciales. Puesto de esa manera, parezco un consumidor compulsivo con delirios de marginalidad. No lo soy. Por gente cobarde y egoísta, caí en esa situación que, si bien ya no me acongoja por el estado de optimismo en que me encuentro, de vez en cuando saca sus garras para sacudirme un poco y a la vez recordarme que sigo siendo un esclavo, por más que mi alma se siga sintiendo libre y soñadora. Afortunadamente, el alma es lo que vale. El resto es relleno. Vamos que se puede, carajo.


4 Comments:
TE FELICITo, me alegro por ti, por esta nueva etapa y en definitiva por el reestrenado optimismo, que si bien suena extraño en ti, no deja de hablar de lo distinto y positivo que debe ser tu panaroma ahora .... los fantasmas son fantasmas siempre estàn ahí pero la gracia de ellos es que son inmateriales y puedes pasar a travès de ellos si quieres... Un abrazo
Daniela
dani: hace rato que cambié de switch y se lo debo a la Pina...es la verdad....me llena de vitalidad....muchos salu2 en la puerta norte...
ian: siempre he contado contigo.....que bueno que tb estès usando el blog pa salir de la rutina....no supe de tu cumpleaños...te mando un abrazo....y por supuesto que le pondré aguante
Felicitaciones y sueRte en esta nueva etapa.
¿Que matinal es?
ya estaba siendo hora de que te pasaran cosas buenas; primero la novia y ahora la pega. ¿qué más se puede pedir?
sigue no más, que lo peor ya pasó. me alegra todo esto. además yo también ando en proceso de cambio y seguramente vamos a terminar encontrándonos por allá.
¿un café?
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