jueves, marzo 02, 2006

COFFEE-BREAK

He decidido no consumir más café. Es mi peor droga. Recuerdo perfectamente cuando partió la adicción. Un sábado por la tarde, muy agotado después de un partido de fútbol en mi colegio, llegó un vecino a mi casa para invitarme a jugar con los del suyo al Sporting. Le expliqué que estaba raja. Por ese tiempo, habían detectado con doping a un jugador que los dos admirábamos: el argentino Gerardo Manuel Reinoso. Según los diarios, había ingerido una dosis desmesurada de cafeína. Las notas incluían explicaciones sobre las ventajas físicas que se alcanzan al superar un límite de tazas.

-Huevón, toma un buen tazón de café y vamos.

Le costó convencerme. Hasta ese momento, asociaba el café al desvelo de la Teletón y las aburridas conversaciones de mi familia después de misa en la Iglesia Ortodoxa. Mientras el resto tomaba café, con mi hermano asaltábamos a Elías, el mayordomo del Padre Stavros, en la cocina, arrasando con las galletas. Elías, de vez en cuando, iba a mi casa a hacer aseo. Era nuestro aliado contra las viejas árabes que comían las golosinas incluso con mayor ansiedad que nosotros, que éramos unos pendejos guatones y revoltosos.
Me tomé el tazón y partimos. No recuerdo la cantidad de goles que hice. Lo único que tengo grabado es la furia en el rostro de un pelotudo del Francés que se creía bueno y no salvaba a nadie. Me salió todo. Me devolvía contra mi arco para tirar túneles a los rivales. Mi amigo, que también aplicó la dosis de café, jugó muy bien. Habíamos encontrado el brebaje que buscábamos: nos inspiraba y no nos cansaba. El efecto placebo fue inmediato. También la dependencia. No le contamos a nadie por temor a que otros mejoraran tanto como nosotros. Plena pubertad. Nos sentíamos tan indestructibles, que nos atrevíamos a dar ventaja al resto. Se hizo muy frecuente un diálogo en el círculo central, antes de iniciar el juego.

-¿Cuántas pajas te pegaste hoy?
-Dos no más.
-Seguro les ganamos a estos huevones malos.
-Ni con diez pajas en el cuerpo nos meten un gol.

15 años más tarde, todavía entro mal a una cancha si antes no he tomado café. Si, más encima, la primera jugada no me resulta, caigo en depresión deportiva.
Más grande, generé otra fuente para esta adicción: la escritura. En “Tinta Roja”, del basureado Fuguet que nunca me cansaré de defender, pese a todo, uno de los editores del diario “El Clamor” se acerca una máquina de café porque necesita “enderezar la prosa”. Pensé que si me había servido por años en el fútbol, inspirándome para jugadas que ni yo mismo creía capaz de hacer, quizás también me podría dar frutos frente al computador. Y lo hizo. Las mejores cosas que he escrito, tanto artículos como cosas personales, han salido de un tazón humeante. Algún crítico atento puede decir que precisamente ese detalle significa que el café no sirve de nada. Me protejo, por si acaso. Retomo. He escrito muchas veces borracho o volado y nunca ha sido lo mismo. En Arica, con un calor espantoso en la sala de crónica producto del descriterio de un jefe egoísta, ordinario y severamente adiposo que escondía el control remoto del aire acondicionado, a varios les llamaba la atención que de todas maneras siempre tuviera cerca un café, más encima hirviendo, porque no lo puedo tomar tibio.

Estas mismas líneas, que no tengo claro si se entienden, están saliendo más lento de lo normal por ausencia del café. Pero no me quiero dejar vencer. Hasta ahora sólo he hablado de los beneficios. Como detesto la biología y soy bastante hipocondríaco, no voy hablar del hígado. Si no es el café, el alcohol lo terminará destruyendo. Los daños o negativos efectos secundarios, se dan en la conducta post-partido o post-redacción. El café me ha hecho cometer estupideces que, a priori, sólo se pueden adjudicar al trago. Al seleccionar un ejemplo, aparecen tantas escenas vergonzosas en mi mente, que prefiero obviarlo. Generalmente uno se siente idiota por cosas que a uno le cuentan que hizo estando ebrio. Son borrosas, difusas. Por eso es peor con el café: la sobriedad se puede exacerbar a tal punto, que consigue superar la ira o la pesadez del curado. No estoy exagerando. Tengo una larga lista de damnificados a mi haber.

Ya falta poco para las cinco de la tarde. Con suerte, escribí la pauta. No sé cómo lo haré con las notas. Tendré que aprender a funcionar sin la bencina que me acompañó por años.

2 Comments:

Blogger Hectorchamboli said...

ups!! me sentí identificado una vez mas con tu escrito, sobre todo con eso de jugar fútbol bajo los efectos de la cafeína, yo lo hago siempre.
Felicitaciones por dejar el café, yo por mi parte no tengo la menor intención de dejar tan delicioso brebaje.

1:22 a. m.  
Blogger Zahorí said...

Piola igual el café, pero la mano es la weed.

8:36 p. m.  

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