lunes, febrero 27, 2006

CALETA DE PECADORES

Hasta ayer, Horcón era la caleta de los volados. Tenía otras referencias. Tres veces fui a Cau Cau y por los carteles de tránsito me di cuenta que si seguía bajando me encontraría con Horcón. Nunca bajé, no sé bien por qué. Tenía la curiosidad, pero lo postergué las tres veces, quizás por no estar con las personas indicadas para un recorrido como los que me gustan. La otra referencia era una pretenciosa espada que una vez hallé por casualidad debajo de un mueble. Me dijeron que era de Horcón. Alguna vez, sin que nadie se diera cuenta, la desenvainé tortuosamente imaginando cómo había ido a parar de manera tan nostálgica y subterránea a aquel rincón de la pieza. Su procedencia me inquietó un poco. Uní Horcón a esa espada. Curioso vínculo. Puede ser que, a nivel de inconciente, yo mismo haya bloqueado mi interés por conocer la caleta. No quería encontrar el negocio donde vendían esa espada. Ahora me parece una tontera, aunque perfectamente entendible para alguien que se esmera en novelizar todo. Ya con más experiencia, he aprendido a convivir con múltiples historias sin cuestionarme más de la cuenta. Pienso mucho más en lo que se está escribiendo que en lo que ya se escribió. La geografía puede mutar sus colores si uno se lo propone y la aborda con libertad, sin estereotipos ajenos o impuestos por sentimientos caprichosos.

Pese a que estuvimos a punto de perdernos, llegamos cerca de las tres de la tarde a Horcón. Las personas se paseaban libremente con las toallas envolviendo sus cuellos como si fueran bufandas. Se cruzaban de un lado a otro, confundiendo a los conductores, incluida la Pina, sobre qué caminos se podían usar y cuáles no. Al fin encontramos un estacionamiento, justo donde una pareja tomaba una cerveza ya sin espuma. Le arruinamos su conversación, aunque convengamos que el galán no eligió el lugar más indicado para una cita romántica. Por último, un par de empanaditas en la picada del frente. Cada uno con sus gustos. Avanzamos por Horcón muertos de hambre. Creo que nunca, pero nunca, me tocó esperar tanto en un restorán como ayer. Pensamos en irnos, pero, instalados como estábamos, era una lata modificar todo. La garzona, de rostro árabe, alargado como una flauta, nos felicitó tanto por nuestra paciencia, que terminó aburriéndonos. Hasta se demoró en el bajativo que nos ofrecieron para compensar la espera. En algún momento pensamos que era hueveo. En todo caso, el pastel de jaibas estaba exquisito. En la carta, como sucede en muchas partes, estaba escrito con “v”, demostrando lo decisiva que es la memoria visual. Como no nos topamos muy seguido con la palabra, prevalece “jaiva”, como el grupo del Gato Alquinta, Mutis y los Parra.

Fue un paseo breve, pero muy bonito. Sirve de tranquilizante cuando los líos y cahuines del trabajo nos abruman.

2 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Muy buena la narración. Yo he ido desde xgico a Horcón y es maravilloso. Ahora he llevado a mi hija y esposa y han gozado de lo lindo de esa bella caleta. Lástima que el mar se devora tan tamprano la playa!

Un abrazo

vustra amigo Christian

2:18 a. m.  
Blogger BarFly said...

tb me gustó mucho...lo malo, como en todas partes, es que ya hay edificios que rompen el paisaje...

un abrazo, mi pana

2:27 p. m.  

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