VORAGINE NAVIDEÑA
Todo el público se desplaza en fast forward. ¿Quién tiene el control remoto? Según los críticos del sistema, tanto trasnochados como lúcidos, las empresas comerciales programan nuestros gustos como si fuéramos seres virtuales encerrados en un Playstation o Matrix. El mall es una colmena de ladrillos. Lo peor de todo es que no tengo idea qué voy a comprar. Sí, lo confieso: hago regalos en Navidad. Pocos, pero buenos. Es políticamente incorrecto declararse un “consumidor”. En tiempos neoliberales, equivale al hombre-masa de antaño. Me he perdido sin complejos en el anonimato del agitado rebaño navideño.
Normalmente, salvo los fines de semana largos, quedan peldaños vacíos en las escaleras mecánicas. Hoy no. De hecho, hasta voy acompañado, algo tan desagradable como dar vueltas con un desconocido en la rueda de Chicago. La señora se siente con más derecho que yo por llevar bolsas. Para asegurarme, la adelanto con la destreza del español Alonso apenas tocamos piso, no vaya a ser que se le ocurra subirse a la siguiente. En la selva, Tarzán se tiraba en lianas. En un mall, si no se usan las escaleras mecánicas, no hay de dónde colgarse, porque los ascensores están repletos y los peldaños normales están escondidos detrás de baños o filas de teléfonos que tampoco son muy fáciles de hallar.
Al rato me encuentro con un auxiliar de mi colegio. En mis horas de fuga, vagando por los pasillos mientras el resto resolvía ecuaciones, solía conversar con él de fútbol. Si no había nadie cerca, jugábamos a los penales en una reja que nos servía como arco. Para darle un poco más de emoción, como si no bastara con la adrenalina de estar atentos que no nos sorprendiera alguien, apostábamos patadas. El viejo usaba bototos con punta de acero, lo que me obligaba a volar como el Cóndor Rojas antes del Maracanazo.
Ahora viene lleno de bolsas. Después del abrazo de rigor, le pregunto por los regalos y cómo piensa pagarlos, pues, a simple vista, sólo ojeando lo que traslucen los plásticos más ordinarios, se ve que se tomó en serio la ayuda al Viejo Pascuero. Eludiendo la respuesta, con la picardía intacta, me dice que con la guata que tengo ya no debo correr en la cancha.
Se ve feliz con sus compras. Hay dos especiales: una pelota de fútbol y la camiseta de Colo Colo. Apenas terminen de repartirse los regalos, su nieto saldrá a chutear a la calle y, seguramente, como yo también lo hice alguna vez, dormirá abrazado a ella, contemplando sus cascos y marcas negras. La pelota o la “caprichosa”, como la llama Quique Wolff en ESPN. Esa alegría merece que uno se encalille.
Tengo que comprar dos regalos. Es una de las ventajas de no tener una familia numerosa. Como muchos chilenos, no hago demasiados regalos durante el año, pero no por apretado o tacaño, sino porque, simplemente, el presupuesto no da para más. Además, encuentro entretenido elegir, aunque, a veces, como hoy, la tarea se haga más tediosa con tanta gente dando vueltas.
Entro en una librería. Harry Potter y la novela de Simonetti son los más solicitados. Harold Bloom, el gurú de la crítica literaria en Estados Unidos, dijo que las aventuras del precoz mago no eran nada al lado de nuestro Papelucho, tanto por estructura y estilo como fomento a la lectura infantil. Por curiosidad, consulto si han vendido textos del flacuchento hijo de Marcela Paz. Pocos.
Lo más complicado de obsequiar un libro es adivinar si la persona ya posee en su biblioteca el que uno tiene en mente. Por otro lado, es un buen ejercicio establecer, de acuerdo a todo lo que uno conoce a la persona, qué necesita ahora, qué tipo de historia la puede capturar. Algo parecido sucede con los discos.
Si bien muchos lo niegan, uno siempre termina comprándose algo. Separo los dos libros, uno para mi tía y otro para mí, hago la fila, que por suerte no es muy larga, y salgo otra vez a la colmena.
El otro regalo lo tengo decidido desde hace tiempo. El dependiente me explica que, lamentablemente, el producto está agotado. No puede ser. Me demoré más de una semana en escogerlo y ahora me salen con esto. Me desespero. No saco nada con solicitarlo por Internet porque llegaría después de Navidad, casi junto con los fuegos artificiales de fin de año. Apelo a cuanto argumento sensiblero se me ocurre en el momento y consigo que el empleado, apestado como todos a las 9 de la noche, se dirija a la bodega en busca del milagro.
Mientras espero, me encuentro con una compañera de la universidad. Dentro de lo que logro retener de esta ave parlanchina, de quien lo único que sabía es que había migrado a un humedal intelectual europeo, me mortifica que repita una y otra vez que lo único que realmente importa es regalar algo lindo a la pareja, junto con lo trágico de equivocarse o sentir que uno no acertó con el paquete.
-¿Y tú en que estás?, me pregunta para tomar aire con tanto discurso.
-En eso.
-¿En eso? ¿Qué es eso?
-Buscando un regalo.
-¿Y todavía no lo tienes claro? Siempre tú haciendo todo a última hora, oye.
-No todos nos preparamos con tanto esmero.
Menos mal se va, tan parada como siempre. Todavía no llega mi salvador. Con un poco de rabia, admito en mi fuero íntimo que este año si me preparé con esmero, aunque fuera sólo en la elección. Como tenía definido el regalo con antelación, me relajé y aquí estoy, más que angustiado, pasadas las nueve de la noche el día anterior de Noche Buena, ya sin fe. El fantasma de Ebenezer Scrooge, el viejo amargado del famoso cuento de Dickens, se pasea entre la muchedumbre que desenfunda tarjetas de crédito con la rapidez de John Wayne.
-No me va a creer, pero quedaba uno.
Los flojos y encalillados también reciben milagros navideños.


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