PURE MORNING
Siento los campanazos. Las hojas de la avenida Libertad, esparcidas como si fueran una alfombra arrugada y ruidosa, se despegan unas de otras producto del viento. Una vuela como la bolsa de American Beauty. Recuerdo cómo disfrutaba patéandolas, tomando vuelo para echarlas lo más lejos posible. Lo hago otra vez. Son las seis de la mañana y, salvo otro borracho que espera en el paradero, la avenida permanece desierta, aunque a unas cuadras, no muy lejanas, diviso una sombra que me indica que hay gente que está saliendo a trabajar. Yo también tengo que trabajar. Entro en unas horas más. Maldición. Llevo una hora esperando que pase un colectivo o una micro, pero, los únicos que pasaron, quisieron cobrarme diez lucas por ir a Con Con. Los mandé a la mierda. Encañado, muerto de frío, no me arrepiento de haber salido. Ni siquiera la larga jornada que me espera me quita la sensación con que quedé luego de una eterna conversación, que, por lo demás, deseaba tener desde hace tiempo. No sé si dije todo. Lo más probable es que no. Pensé ensayar antes, pero nunca me he sentido cómodo con las cosas demasiado preparadas. La improvisación es más entretenida, aunque queden vacíos.


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