TROYA
Troya no es una cinta épica ni una rigurosa revisión histórica de los textos homéricos. No es raro que la reproducción de clásicos deje un gusto raro, ambiguo, impersonal. Como cada uno tiene grabado su propia versión de la obra, cuesta un poco aceptar la imposición de otra, menos si se tiene claro que detrás de ella existe la necesidad de ganar plata. Tal como uno no se traga a Mel Gibson en "Hamlet" de Zefirelli, Brad Pitt no cuadra con Aquiles. El guerrero, el de los pies ligeros, flota sólo a ratos en "Troya". Pitt se ha esforzado por demostrar que es más que un sex symbol que arranca suspiros en la platea, objetivo que ha cumplido en ocasiones, como en "El Club de la Pelea", pero aquí no logra trasmitir la sed de trascendencia del personaje.
Si uno olvida estos prejuicios y se entrega a la cinta, lo más probable es que quede pegadísimo, porque el director Wolfgang Petersen no escatimó en gastos para recrear la ambiciosa invasión griega liderada por Agamenón. El rey aprovecha que Paris, príncipe de Troya, le quita la mujer a Menelao, monarca de Esparta, para cumplir el propósito de extender sus dominios. Es el motivo ideal para justificar una guerra que aguardaba con ansias. Las secuencias de combate son intensas, emotivas, con varios puntos altos, como la pelea entre Héctor -hermano de Paris-, y Aquiles.
Un punto destacable, repito, si se vence los prejuicios, es que uno no está pendiente de anticipar cuándo la flecha morderá el talón del héroe o el momento en que aparecerá el famoso caballo. La historia, mérito del viejo Homero, atrapa como la primera vez. Es imposible no lamentar el inevitable choque entre Héctor y Aquiles o no conmoverse con la humildad de Príamo. Troya arde, pero no quema. A menos que uno quiera.
Si uno olvida estos prejuicios y se entrega a la cinta, lo más probable es que quede pegadísimo, porque el director Wolfgang Petersen no escatimó en gastos para recrear la ambiciosa invasión griega liderada por Agamenón. El rey aprovecha que Paris, príncipe de Troya, le quita la mujer a Menelao, monarca de Esparta, para cumplir el propósito de extender sus dominios. Es el motivo ideal para justificar una guerra que aguardaba con ansias. Las secuencias de combate son intensas, emotivas, con varios puntos altos, como la pelea entre Héctor -hermano de Paris-, y Aquiles.
Un punto destacable, repito, si se vence los prejuicios, es que uno no está pendiente de anticipar cuándo la flecha morderá el talón del héroe o el momento en que aparecerá el famoso caballo. La historia, mérito del viejo Homero, atrapa como la primera vez. Es imposible no lamentar el inevitable choque entre Héctor y Aquiles o no conmoverse con la humildad de Príamo. Troya arde, pero no quema. A menos que uno quiera.


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