sábado, febrero 12, 2005

RÉQUIEM DE KRYPTONITA

BAJO UN VIEJO TECHO(Jorge Teillier, "Para ángeles y gorriones", 1956)


Esta noche duermo bajo un viejo techo,
los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
y el niño que hay en mí renace en mi sueño,
aspira de nuevo el olor de los muebles de roble,
y mira lleno de miedo hacia la ventana,
pues sabe que ninguna estrella resucita.
Esa noche oí caer las nueces desde el nogal,
escuché los consejos del reloj de péndulo,
supe que el viento vuelca una copa del cielo,
que las sombras se extienden
y la tierra las bebe sin amarlas,
pero el árbol de mi sueño sólo daba hojas verdes
que maduraban en la mañana con el canto del gallo.
Esta noche duermo bajo un viejo techo,
los ratones corren sobre él, como hace mucho tiempo,
pero sé que no hay mañanas y no hay cantos de gallos,
abro los ojos, para no ver reseco el árbol de mis sueños,
y bajo él, la muerte que me tiende la mano.


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Hace unos meses, fui a un matrimonio a la parroquia San Antonio. La misa fue casi en familia, como los partidos de Palestino en La Cisterna. Aunque muchas bancas quedaron vacías y no se tiró arroz, la ceremonia estuvo bastante bonita, por lo menos, en ningún momento pensé que mi "partner" estaba cayendo redondito en la trampa del "matricidio".
Mientras el cura resaltaba la importancia del compromiso, seguí con la vista el largo vía crucis que cuelga de las paredes. Me acordé cuando venía en mi niñez, antes que mis viejos me despacharan a los eternos sermones trilingües del padre Stavros en la Iglesia Ortodoxa.
Eso sí, como nací mañoso, puse una condición para ir los domingos a San Antonio: sólo asistiría si me dejaban ir con mi traje de Superman. Era la época de Superman II, la historia en que los tres delincuentes, dirigidos por el general Zord, llegan de casualidad a la Tierra y se encuentran con la sorpresa que el héroe de traje azul y capa roja es el hijo de Jor-El, el carcelero de Krypton que los había encerrado en un cristal.
Bueno, tal vez por ser el único bicho raro de la manada de cabros chicos, una monjita me tomó especial cariño. Aunque guardo su rostro en un archivo algo arrugado por el tiempo, recuerdo su cara bondandosa y sus besos. Ella era lo máximo, lo único que valía la pena de la misa. Para llamar su atención, me arrodillaba frente a la pequeña rejita que antecede al altar y rezaba cien padrenuestros y avemarías, en una pose de concentración y arrepentimiento que ahora jamás podría simular. Me imagino que la monjita se daba cuenta de mi actuación, pero igual me daba dulces mientras me colgaba de su ropa y le decía que la quería mucho. Mientras recordaba todo esto, entendí porqué empecé ir a la Iglesia Ortodoxa: la muerte de la monja me hizo llorar muchos días.