CIUDADANO DEL OLVIDO
El sol está implacable, me quiere dejar como sopa. La camisa se pega a mi piel como si fuera una bolsa de supermercado empapada de sudor. Como no tengo plata para una mini-bebida, decido descansar en uno de los bancos de la plaza. Unos pasos más allá está la fuente de los deseos, sucia pileta que recibe monedas a cambio de nada, porque, en realidad, hay que ser muy inocente para pensar que esa agua estancada, con un olor a macetero de cementerio, pueda tener poder mágicos. Mejor jugar al Kino, aunque, siendo honesto, debo reconocer que en mi niñez también tiré alguna chauchita, siempre acompañado de mi madrina españolísima, Blanquita.La quería mucho, demasiado, tenía toda la calidez que extrañaba en mi seria y compuesta abuela. El maldito Alzheimer impidió que conversáramos tantos temas que quedaron pendientes, como su apasionado apoyo a Franco o las lágrimas que no podía controlar cuando se refería a su hijo Paco.
A veces se quedaba en mi casa en verano. En las mañanas, el aroma a pan tostado me avisaba que se había levantado y que ya estaba lista para llevarme de paseo.
Es increíble como trascienden algunas personas. La trascendencia no es un asunto menor, de hecho, la ansiedad que genera la paternidad refleja cuánto nos interesa saber que nuestro paso por este mundo va a dejar una huella. Si bien aún no soy padre, sé que cuando me toque voy a buscar algo mío hasta en el más mínimo gesto de mis niños. Todos somos egocéntricos. No lo ocultemos; necesitamos ese tipo de detalles para creer que somos algo más que unos huesos cubiertos de carne. El olvido es la peor condena, es como la confirmación que la presunciones que teníamos en vida, esas dudas que nos hacen transpirar en los momentos en que cuestionamos las decisiones que hemos tomado, eran ciertas.
A veces se quedaba en mi casa en verano. En las mañanas, el aroma a pan tostado me avisaba que se había levantado y que ya estaba lista para llevarme de paseo.
Es increíble como trascienden algunas personas. La trascendencia no es un asunto menor, de hecho, la ansiedad que genera la paternidad refleja cuánto nos interesa saber que nuestro paso por este mundo va a dejar una huella. Si bien aún no soy padre, sé que cuando me toque voy a buscar algo mío hasta en el más mínimo gesto de mis niños. Todos somos egocéntricos. No lo ocultemos; necesitamos ese tipo de detalles para creer que somos algo más que unos huesos cubiertos de carne. El olvido es la peor condena, es como la confirmación que la presunciones que teníamos en vida, esas dudas que nos hacen transpirar en los momentos en que cuestionamos las decisiones que hemos tomado, eran ciertas.


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