viernes, enero 14, 2005

ANGEL ELECTRICO

Como mis abuelos eran ortodoxos, cuando chico sufrí una severa confusión religiosa. En el colegio, siempre preocupado de parecer distinto, de sobresalir por cualquier cosa, defendía mi fe ortodoxa a patadas y combos. Pobre del que mirara en menos la Iglesia de 1 Poniente. Por otro lado, después de soportar estoicamente dos horas de misa con el padre Stavros, perdiéndome capítulos vitales de la segunda generación de los "Transformers", pocas ganas me quedaban de seguir pregonando estas creencias tan desconocidas para mis compañeros de parranda.
Después de convencerme de que era católico, empecé a ir a misa "de una" en la Parroquia de Viña, un horario que no me apartaba de la programación infantil dominical. A lo más me perdía "Cachureos", pero nunca coticé mucho a Marcelo, Epidemia y al Señor Lápiz.
Por esos años, murió un músico que más adelante acompañaría innumerables carretes de mi adolescencia: Gabriel Parra. Corría el año 1988 y las matemáticas de quinto básico me tenían por el suelo. El día del funeral del baterista de Los Jaivas, me colé en el auto del hermano de un amigo para que me llevara a la ceremonia. Creo que nunca la Parroquia de Viña se verá tan colmada de público como ese día. Viña se paralizó para despedir los restos de uno de sus hijos más queridos.
Tal vez por el impacto que me provocó este mar de gente y las lágrimas de tantas personas, comencé a visitar más seguido la Parroquia. Mis amigos se burlaban por mis enredos a la hora de entrar al confesionario. En todo caso, la suerte de contraseña que lanza el sacerdote tras abrir la ventanilla todavía me suena bastante ajeno.
Una mañana, decidimos con mis amigos del barrio que pasaríamos sólo 20 minutos a misa, porque, como teníamos una pichanga después de almuerzo, debíamos aprovechar el tiempo para jugar en los flippers. De todas formas, entré al confesionario a arrepentirme de la soberana paliza que le había dado a mi hermano por haber roto el transformador del Atari. El cura, con ese silencio solemne que nunca terminé de aceptar, me dio una penitencia simple, rutinaria: quedarme hasta al final de la misa.
El hereje partió a los flippers.


1 Comments:

Blogger BarFly said...

Pocas veces le presté atención al cura. Me fijaba más en la gente, en sus caras y, por supuesto, en las velas que se deshacían y que siempre amenazaban con dejar la grande.

3:03 p. m.  

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