jueves, abril 13, 2006

LA GRASA DE LAS CAPITALES

Algunos ambientes, más de los que uno cree, entregan la condición que ambiciona cualquier voyerista o sociólogo frustrado: ser invisible. A veces, la fantasía no se cumple absolutamente, porque, en los sueños, en las teorías que uno arma con secreta inocencia o indecencia, dependiendo del caso, el hombre invisible tiene la facultad para intervenir las cosas a su favor. Es la gracia del asunto.
Siendo un espectador pasivo, como Swayze antes de dominar los trucos dimensionales en Ghost, es poco lo que se disfruta, menos si no se sabe cuándo se agota la facultad. La angustia se torna más pesada si se anticipa que el aterrizaje puede resultar tan estrepitoso, que anule de manera permanente la licencia para volar por cielos desconocidos, quedando la víctima ( en eso se transforma tras percatarse que la invisibilidad era un regalo fugaz y cruel) condenada a flotar en un limbo entre potencia, en el sentido aristótelico, y realidad.
Carne. Eso somos en esencia más elemental. El descuartizado de Puente Alto lo demuestra póstumamente. Todos merecemos ser carne. Si no tenemos cuerpo antes, es mejor no jugar a ser fantasma, por más que el ticket de embarque haya salido gratis. Paradójicamente, Pozo recuperó su fisonomía, su condición de ser humano, después que cercenaron sus extremidades.
Yo tengo cuerpo, sangre, neuronas, más fuertes de los que ahora se niegan a verme. Eso me hace indestructible, a pesar de desconocer la fecha de término de la escala fantasmal.