lunes, diciembre 11, 2006

MUERTE DE PINOCHET



El teléfono sonó mientras nos protegíamos del sol bajo una pasarela de la ruta 68, en el sector de La Aurora, muy cerca de Curacaví.
-El viejo murió, hermano.
Por años imaginé cómo sería el día que muriera Pinochet. Me sorprendió en un lugar inesperado: en medio de una carretera rodeada de una naturaleza imperturbable. El asado pasó a segundo plano. Lo único que me interesaba era sintonizar la Cooperativa. Me costaba admitir lo que había ocurrido, pese a que, por la edad del dictador, era algo plausible desde hacía tiempo. Como personaje político murió en Londres o quizás más tarde con el destape de las cuentas del Riggs, pero faltaba el desenlace físico. Navia dice que ha muerto el padre, nos guste o no esa calificación. Mientras viajábamos a la parcela, muy atento a los despachos desde el Hospital Militar, donde estaba mi amigo Gardilcic informando al país, revisaba mi historia personal con este mal padre. Me acordé de las protestas de los 80’. Mi rutina, casi todos los días, consistía en jugar un rato en los flippers y luego peregrinar por las distintas sedes de los partidos de la Concertación en busca de chapitas y posters. Bien equipados, sin dejar duda que fachos no éramos, nos ubicábamos en la calle Valparaíso, frente a los momios, escuchando brutalidades que más tarde pedía a mi papá que me explicara. También recordé la primera vez que fui al Cementerio de Santa Inés para un 11 de septiembre. Fui solo. En el primer pasaje compré un ejemplar de El Siglo al tipo que me indicó dónde quedaba la tumba de Allende. Me impactó el dolor de la gente. Tenía 15 años. Saludé de lejos a unos tipos que ubicaba del colegio, hijos de exiliados que se refugiaron en Alemania. Sin decirnos nada, nunca más tuve problemas con ellos. Me admitieron como uno de los suyos, algo nada fácil de encontrar en un lugar donde sobraban fanáticos de Pinochet y clasismo. Ser opositor al régimen no sólo equivalía a ser un comunista de mierda, sino también roto. A mi mamá varias veces le preguntaron por esta rareza de que su hijo mayor predicara pestes contra el salvador de la patria. No me crucificaban porque hasta en las mejores familias hay un pendejo excéntrico que disfruta con ser antagonista. Eso creían.
La música fue decisiva en esa época. En esos años, cada vez que se hablaba de política, aún siendo unos adolescentes, uno miraba con sospecha al interlocutor hasta descifrar si era pinochetista o no. Las discusiones, que no eran pocas, a veces se definían con chuchadas y patadas en vez de argumentos. Para tranquilizarnos, teníamos a Inti Illimani, Quilapayún o Sol y Lluvia.
A medida que avanzamos por el camino de tierra, ya a poca distancia de la parcela, me doy cuenta cuánto he cambiado. Me transformé junto con el país. Ya no volvería a tirar piedras afuera del Congreso ese 11 de marzo del ’98. Todo ha cambiado. Y con la muerte de Pinochet, espero que demos vuelta la página con madurez, entregando por fin una solución a las familias que aún no cierran su duelo.

3 Comments:

Anonymous Anónimo said...

Lo de no ir a tirar piedras debe ser por la edad. Al final el mundo no cambia tanto, cambiamos nosotros cuando nos damos cuenta de como es el mundo (escucha Cambalache...Que el mundo fue y será una porquería cha lo sé...Grande Discepolo

5:04 p. m.  
Anonymous Anónimo said...

jajaja...sabía que algo referente al tema leería por acá. Menos mal que escuché muchas de las canciones de Sol y LLuvia los otros que nombras, gracias a eso he entendido los nick de mis amiguitos "comunistas"

6:06 p. m.  
Blogger Hectorchamboli said...

Siempre pensé que el viejo era nuestro Padre, no tenía idea que Navia lo había dicho.

Buena reflexión, yo me enteré de la muerte de Pinochet a las 6 de la tarde porque estaba incomunicado subiendo una montaña.

10:26 p. m.  

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