EPIFANIA
“Ashes to Ashes” conjuga todo lo que uno puede esperar de una canción. Bowie resucita al Mayor Tom de “Space Oddity”, el mismo que corta la comunicación con la torre del control con el fin de volar hacia órbitas lisérgicas, para enfrentar su temor a reinicidir en la adicción más indomable. Antes de entender la letra, el sonido me evocaba una sensación parecida: borrachera solitaria, tirado en la esquina de una habitación mirándome la punta de zapato a lo Burroughs, preso de un dolor ambiguo que confunde y revuelve todo. Dudas que flotan entre blanco y negro. Sin entender la letra, cualquier puede percibir los abismos entre una ceniza y otra. Bowie alcanza la perfección: sonido y letra se funden en un solo elemento. Asociar todo fue un gran descubrimiento. La emoción que se consigue al captar una obra en toda su magnitud es incomparable, quizás porque uno se siente tan vulnerado como el artista. La diferencia es que él no se hace problemas para desnudarse en dimensiones que en primera instancia pueden parecernos indescifrables, jugarretas lunáticas, pero ahí está la gracia del asunto. En general, para bien o para mal, siempre reviso los antecedentes biográficos del artista, a pesar que tengo claro que es un error pesquisar las obras, independiente de la rama artística, con lupa freudiana, restándole posibilidad a la creación de mundos nuevos, ajenos a la experiencia. Creo que hay un equilibrio. Es bueno contar con esos antecedentes por si es que de casualidad uno se topa con algo en el disco o la novela. Lo importante es jamás pasarse de listo. Si no ocurre, no importa, lo primordial es ver si la obra habla por sí misma.


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